14 de noviembre de 2009
Muchísimas gracias a todos los que habéis participado. Publicamos de nuevo los relatos desvelando el nombre de los concursantes: Lorena Navas, Carolina Calleja, Sara Tomé, Tomás Dadal y Katherin Barboza.
Tras la deliberación de los guardianes
y compañeros del Departamento de Lengua y Literatura,
ya tenemos una ganadora:
LORENA NAVAS
(¡Enhorabuena! Te llegará tu premio)
Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Siempre juntos. Así estuvimos y nacimos para eso, desde que estábamos en el vientre de nuestra madre, pegados, y así queríamos estar siempre. Pero no fue como lo deseábamos, los médicos nos decidieron separar. Nos despertamos y ahí estábamos, uno enfrente del otro, como nunca nos habíamos visto. Yo me intenté levantar hacia él, pero mi pierna, la que antes estaba pegada a él, no reaccionaba, le necesitaba. Con el paso del tiempo esto no cambió, no nos hacíamos a estar separados; era imposible, yo quería estar con él y él estar conmigo. Investigar: esa era la idea que tuvimos. Empezamos a hacer muñecos y a practicar con ellos cómo volver a estar juntos... ¡¡Una máquina de coser!! Claro, nos coseríamos y volveríamos a estar como nos crearon, pero una máquina pequeña no nos cosería, así que construimos una grande. A mí no me convencía mucho la idea, pero a mi hermano sí, así que todo por él...
Una noche me levanté y le vi frente a la máquina triste. Le puse mi mano sobre su frío hombro, una complicidad de miradas entre nosotros dijo que era el momento de unirnos otra vez. Mi hermano no tardó nada en colocarse debajo de la gran máquina pero, sin querer, me apoyé en la palanca que accionaba la gran aguja dejando a mi hermano mutilado y con diversos agujeros sobre su cara y cuerpo. Con esto me quedé muy dolido e impactado, no me lo perdonaba. Mi hermano estaba muy dañado, quería morir pegado a mí y no le quedaba mucho tiempo, así que decidí hacer lo único que me quedaba: cogí aguja e hilo.
Lorena Navas
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. No podía creer que ese ser que veía reflejado, quizá una ilusión perceptiva, fuera yo. Nunca quise ser ese estilo de persona, arrogante, superficial y materialista, pero era lo único que podía ver en esa imagen frente a mí. Yo, era yo y no lo quería creer. Caminé hacia la cocina y, mientras lo hacía, tragaba saliva. Me esperaba un día bastante agitado, pero no podía aguantar la sensación de estar donde no debía, de ser como no quería. Era asfixiante. Llegué a casa, después de todo, y la sensación continuaba allí, era un dolor punzante bajo el corazón y necesitaba llorar. Por supuesto, no tenía ningún buen amigo al que acudir. A mi alrededor, todo era hipocresía e ignorancia en lo que respectaba a ética o moral. Necesitaba salir de allí, respirar. Salí a caminar y llovía, llovía a cántaros. Mis lágrimas pasaban desapercibidas con la lluvia y, evidentemente, ninguna de esas cientos de personas con las que me crucé se paró a preguntarse qué me pasaba. Llegué a un lugar desolado y alejado de la civilización y me senté. Desde allí todo lo que podía oír era el leve sonido del tráfico y la ciudad. Cerré los ojos y desperté. Fue como renacer y comenzar a vivir de nuevo. Ya apenas recuerdo quién era o qué era. Ahora sólo soy yo.
Carolina Calleja
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Mis ojos reflejaban felicidad, mi sonrisa era evidente y fugaz, como si estuviese tatuada... pero quizás esta historia haya que empezarla por el principio.Me llamo David y, por lo general, soy un bicho raro, odio a la gente y la gente me odia a mí, al menos en eso coincidimos la gente y yo.El caso es que volviendo del colegio, como de costumbre, alguien intentaba matarme; así que hice lo que hago de costumbre: correr. Llegué a casa de milagro y, también como de costumbre, mi padre estaba borracho. Primero me confundió con una tal Lizzy, así que actuó de una manera un tanto embarazosa. Luego, cuando se enteró de que era yo, se enfadó y recibí lo que hoy no me habían dado en el colegio.Salí cabreado de mi casa y lo rompí todo. Después de desahogarme, corrí. Huí de aquel sitio de mala muerte y decidí empezar una nueva vida.El caso es que no sé muy bien cómo, pero de nuevo alguien quería matarme, aunque esto no era como en mi antiguo barrio, aquí sí me matarían. El miedo fue tal, que creo que mojé los pantalones... Pero volviendo a mi historia, la única escena que recuerdo es: yo tirado en el suelo, suplicando por mi vida, y sin poder mirar a mi agresor, y de repente una especie de saco huesudo saltando sobre mi agresor. ¡Era un perro!Creo que ese fue el motivo de que al mirarme al espejo no me reconociera. Nunca había tenido amigos y, por primera vez, no me sentía solo. Cómo conseguí rehacer mi vida y tener un piso, quizás no forme parte de este relato... pero el caso es que hoy vivimos Pulgoso y yo en un piso, no he vuelto a saber nada más de mi padre ni de mi antiguo barrio y tengo hasta trabajo... El caso es que hoy soy feliz.
Sara Tomé
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Superficialmente era el mismo, pero yo no me veía de esa manera, únicamente mis pensamientos hacían que no me reconociera. Aparté la mirada del retrovisor y subí más el volumen de la radio. Me dejé llevar por una canción que decía algo de un velero llamado Libertad. Con el volante fuertemente agarrado, observaba cómo las líneas discontinuas y continuas de la carretera me guiaban a algún lugar. ¿Qué lugar? Eso para mí no tenía ninguna importancia. Miré el asiento de pasajero e imaginé que ella estaba ahí, sonriendo y clavando su elegante mirada en mí y a punto de decirme algo, pero cuando el fuerte sonido del claxon del coche de atrás me devolvió a la realidad, en el asiento tan solo quedaba la soledad, una soledad que ansiaba más que nada, una soledad que me había acompañado muchas veces; pero esta vez no habría nada ni nadie que me interrumpiera la compañía de la sensación de la cual más se aprende, y con la cual más se sufre. Además, esta soledad era diferente, esta vez iba del lado de la libertad. Por fin nadie que me molestara o me dijera qué tengo que hacer, nadie del que envidiar nada, nada ni nadie, absolutamente nada. Con cada kilómetro nuevo me venían recuerdos de los kilómetros que había recorrido en el pasado, caminos todavía sin asfaltar llenos de nostalgia, pero que hay que dejar atrás. La canción cambió y, ahora, los acordes bien ordenados de una guitarra se clavaban en mi mente como flechas envenenadas de alguna sustancia, una sustancia hermosa, cautivadora y elocuente. Tenía que parar el coche, una necesidad fisiológica me impedía pensar. Cuando me apeé del vehículo y me di por satisfecho, me percaté de la suave brisa que agitaba mi indumentaria y me cosquilleaba la piel. Reemprendí mi viaje y, por primera vez en este, empezaba a discernir una señal. Poco a poco esta se iba acercando y lo que ponía en ella empezaba a distinguirse con más claridad hasta que estaba lo suficientemente cerca como para poder leerla bien. En aquella señal ponía en letras saltarinas: ¡Despierta, que los sueños, sueños son!
Tomás Dadal
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Un día más, encerrada bajo un físico escrupulento, áspero y fuerte. Todo empezó en mi onceavo cumpleaños. Me encontraba rodeada de gente, pero sólo conocía a tres personas. Una llamaba mi atención y me observaba fijamente. Sorprendida de aquellos cruces, me acerqué a preguntarle cómo se llamaba. "Juan García", me respondió, y dentro de mí algo sentí... Desde ese momento me puse a pensar en aquello, sembré una duda en mi pensamiento y un gran lío en mi corazón. No entendía el porqué, ese muchacho llamaba mi atención, físicamente eramos casi iguales.
Pasaron unos meses y no dejaba de preocuparme qué pensaba él de mí. No me resistí y le llamé. Le conté lo que me ocurría, pero al verlo sentí una pulsación muy fuerte en el pecho e hice lo que el corazón me pedía en aquel instante. Desde aquel momento fuimos inseparables...
Hoy hacemos 13 años juntos. Juan y yo somos felices. Vivimos nuestro amor ante las adversidades de la vida, las miradas de cientos de espectadores y críticas de muchos de ellos... ¿Os dije mi nombre? Marco, me llamo Marco de García.
Katherin Barboza
7 de noviembre de 2009
RÉQUIEM
Advertí una tenue luz, intrigado. Quise averiguar qué era, a cada paso que daba la luz se alejaba. Tic tac tic tac, el tiempo pasa, sigo buscando aquella luz, pero ya no está.
Ahora sólo se oye el silbido del silencio y la oscuridad me deslumbra. ¿Dónde está el camino? ¿Dónde perdí la esperanza? La perdí con sus ojos claros, junto a su sonrisa deslumbrante... Mi esperanza se fue con ella.
Sigo paseando entre tenues recuerdos, recuerdos con nombre y apellidos, sigo paseando por el valle del descanso. Las hojas, guiadas por un aliento fúnebre, dibujan remolinos, hojas secas, hojas apagadas, hojas sin vida… Por un momento quise imaginar que aquellas hojas revueltas eran llevadas por un suspiro suyo, quise imaginar que era ella de nuevo, buscando un adiós, o quizás un hasta pronto, pero desperté de aquel agradable espejismo, y volví, volví a perderme en el más recóndito agujero oscuro de mi alma. El viento susurraba su nombre y el cielo, poblado de nubes, acompañaba en su aspecto tenebroso a mi corazón, ahora solitario.
¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo buscar algo que se ha desvanecido? ¿Cómo?
Creo que he hallado la solución. Me dirijo a aquel almendro, un almendro tan apagado como la luz de mis ojos; aquel almendro de aspecto fúnebre acatará un cometido, un cometido que quedará guardado en la historia. Cabizbajo, solitario e inseguro, me dirijo hacia el almendro. No es él quien me llama, es ella, es su voz en el viento, es su tez en la luna, son sus ojos en el cielo. Lo sé, cariño, me esperas, y yo no te haré esperar más.
Aquí estoy prendido de la última prenda que conservo de ella, un pañuelo gris, notando cómo mis sentidos se ahogan. El almendro parece desvanecerse y el suelo, que a escasos segundos parecía mirarme desde abajo, ahora se aleja, aquel fúnebre cementerio se desvanece. Tan sólo queda mi figura inerte.
Advierto una tenue luz, intrigado. Deseo saber qué es. Ya no cabe duda, el tiempo se detiene, encontré mi luz: es ella.
Sara Tomé
2 de noviembre de 2009
REFLEJOS
Espejos en la noche. Mi reflejo oscuro, siniestro. Mi otro yo. Paseo ausente en la ecuación imposible de las ideas y los recónditos pasillos de la perversión, que en ese momento me envuelven, convirtiéndome en otra versión de mi ser, sádico, retorcido e incluso enfermizo. La tenue luz que ahora ilumina mi cara me escuece en los ojos y me retuerce el alma. Oscuridad. Y de vuelta a esos fríos y crueles pensamientos. Y otro espejo. Vago sin rumbo y sin sentido alguno. Sin razón ni moral. Una sombra. Otro yo que se apodera de mí. ¿Es acaso un espejo puerta de algún otro yo en otra dimensión? ¿Acaso tiene la noche alguna relación con el hecho de que el otro yo que parece adentrarse en mí sea retorcido? ¿O sólo soy yo? Y si es así, estoy enloqueciendo, ¿no es cierto? Los locos no saben que están locos, ¿no? ¿O en sus comienzos lo saben, pero no quieren ver la realidad? ¿Y si prefieren una vida de locura, pensamientos impensables y acciones dignas de ser designadas como diabólicas? Y a la expresión ausente, los andares sin sentido, los pensamientos retorcidos, ahora se incluye una leve sonrisa. Una leve sonrisa macabra, insonora, demencial. Voy a hacerlo. Esta vez no hay vuelta atrás. Cojo un cuchillo. Me parece insuficiente. Exploro buscando un arma más mortal. ¿Un hacha, un martillo? Demasiado típico. Una motosierra. Y vuelvo a despertar. No puedo creer que haya soñado otra vez lo mismo...
Carolina Calleja
26 de octubre de 2009
Hace tiempo dije que el que no resiste un tipo de abuso como es el abuso escolar y acaba cometiendo el suicidio es alguien que no es fuerte mentalmente. Me gustaría pedir perdón y justificar mi respuesta escribiendo un historia inventada cuyo protagonista tiene 16 años, de nombre Alberto, con cierto grado de insatisfacción y miedo hacia al instituto y también cierto miedo a desvelar esa verdad que le rodea.
Alberto tiene miedo a gritarle al mundo entero lo que tiene que aguantar, sufrir y vivir, pero sabe que no puede hacerlo porque será ese mierda que dicen que es o, peor aún, que es un chivato de mierda, un hijo de puta que no tiene amigos y un sinfín de insultos más que dejan la moral de una persona por los suelos. Y no hablando de los empujones, caídas al suelo, escupitajos a la cara, puñetazos y agresiones físicas, que hacen que él mismo se diga que eso no es lo que más le duele, que no puede pensar en ello, que no puede dejar que una cosa como esa le deje perjudicado la mayor parte del día, pero no, se engaña. No tiene a nadie a quien contarle lo que sufre, porque sabe que si se lo desvela a alguien intentarán ayudarlo revelando la verdad y señalando con el dedo a los culpables, los cuales más tarde irán a por él. Su madre no sospecha nada. ¿Cómo va a sospecharlo si nunca habla con su hijo y su hijo nunca le habla? No le habla porque teme que se le escape algo y entonces… sus sentimientos le dejan sin palabras a la hora de hablar cara a cara con alguien.
Las lágrimas aguantan en las pupilas, las ganas de irse de este mundo siguen avanzando como avanza un ciclista hacia un puerto montañoso, lento pero con fuerza.
Al fin y al cabo, ¿qué es lo que le queda? Una casa, una familia, una mente maravillosa... porque lo que se refiere a las notas, son estupendas, pero eso ya no importa. ¿De qué le sirve tener un hogar y cabeza si no puede con unos abusones que le hacen la vida imposible? Él tiene su filosofía, una filosofía que le dice que no sea como ellos y que no les devuelva la misma moneda. Pero aun así, cada día se para enfrente del instituto con un nudo en el estómago para demostrarles que no tiene miedo, aunque sienta un temor más grande que el de estar en medio de un desierto y no tener agua alrededor.
Al pasar por los pasillos nadie le dice hola, nadie se para a saludarlo pero, eso sí, percibe la mirada penetrante de los que pasan a su lado. Se siente insignificante, pero ¿por qué una cosa tan insignificante está en la boca de algunos no debiendo estar ni en la boca de un débil murmullo?
El instituto por lo menos a él no le parece la misma monotonía de todos los días, como dicen los chavales de su clase. ¿Cómo le puede parecer lo mismo si un día lo que recibe son insultos delante de todo el mundo, otro unos empujones y al siguiente una pequeña paliza? Y así es como empieza todo en su cabeza, con pequeñas pero a la vez grandes preguntas. Y él mismo se da cuenta de que todo lo que tiene en su cabeza en determinados momentos son solo preguntas a las que no encuentra respuestas... ¿o sí? No, siguen las preguntas y pensamientos que debilitan más esa mente y aceleran al ciclista. Aunque se sienta perdido, sigue reconociendo el camino y él lo sabe muy bien, solo que poco a poco en ese itinerario aparecen pequeños baches que él no ha visto nunca y que le desconciertan.
Al ver las caras de aquellos que le hacen la vida imposible quiere odiarles, quiere vengarse, siente unas ganas irresistibles de sacar un cuchillo y defenderse, pero es demasiado leal para ir en contra de sus ideales. Incluso a veces se pregunta cómo puede tener ideales y cómo ellos le borran o aclaran la mente de ideas sádicas que podrían dañar a alguien de su alrededor tanto como los elementos mayores de la cadena le lastiman a él.
Ahora me viene a la memoria un día. Un día nublado, lo recuerdo porque era un día en el que Alberto, por motivos que ahora no soy capaz de recordar, se encontraba en la calle. Al mismo tiempo, él, tumbado en su cama, también lo recuerda; recuerda que se paró en un parque a contemplar, si se puede llamar así, los vacíos bancos, los encharcados suelos y el lóbrego ambiente de aquel lugar. Aquel afligido paisaje provocó una débil sonrisa en su cara y, como si nada, bajó la mirada y se dispuso a seguir su camino hacia casa. Aunque la efímera sonrisa desapareció como desaparece una estrella fugaz en medio del estrellado firmamento, de repente Alberto se levantó de la cama y se fue al baño. Lo único que le llevó al lavabo era que ahí había un espejo. Quería mirarse y ver en lo que se había convertido. El recuerdo de esa sonrisa le hizo darse cuenta de que la tristeza despertaba en él felicidad. ¿Acaso se estaba volviendo loco? ¿Era normal eso…? No encontró respuestas, pero esta vez no se debía a que no podía encontrarlas sino a que no deseaba saberlas…
Desde aquel día no se supo nada más de Alberto, ni yo, como el ente que en su cabeza ordenaba todos sus pensamientos, no podía encontrarlo. Pero lo más seguro es que se fuera lejos, al fin y al cabo, tenía 16 años y, con poco que te lo apañes y de acuerdo con las ganas que tengas, te las arreglas. A decir verdad no me importa a dónde se fue, no me importa porque, antes de irse, Alberto ordenó todas sus ideas, todas sus preguntas, y se deshizo de lo que no necesitaba: la preocupación. Se dio cuenta, ante el espejo, de que aquella sonrisa en el parque estaba provocada por la tristeza, la tristeza en la que se hallaba el mundo, la actualidad, la gente; y él no quería que eso continuara, es decir, su aparente maldad. Así recogió las cosas más importantes de su habitación, cogió el dinero que llevaba ahorrando desde hacía 4 años y salió por la puerta. Tan solo dejó una nota a su madre, que además me sirvió a mí para comprenderlo. Aquella nota decía, no en muchas palabras:
“Cuando conoces el camino pesimista, y este nunca acaba, tienes que disponerte a encontrar el optimismo adentrándote en los arbustos, que no son, ni mucho menos, más densos ni peligrosos que los que hasta ahora te has encontrado.”
Tomás Dadal
17 de octubre de 2009
Desde Cuarto Creciente os convocamos a este nuestro primer concurso lunar de relatos.
Tu historia comienza así:
Cuando me miré en el espejo, no me reconocí.
Y ESTOS SON LOS RELATOS QUE CONCURSAN:
Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Siempre juntos. Así estuvimos y nacimos para eso, desde que estábamos en el vientre de nuestra madre, pegados, y así queríamos estar siempre. Pero no fue como lo deseábamos, los médicos nos decidieron separar. Nos despertamos y ahí estábamos, uno enfrente del otro, como nunca nos habíamos visto. Yo me intenté levantar hacia él, pero mi pierna, la que antes estaba pegada a él, no reaccionaba, le necesitaba. Con el paso del tiempo esto no cambió, no nos hacíamos a estar separados; era imposible, yo quería estar con él y él estar conmigo. Investigar: esa era la idea que tuvimos. Empezamos a hacer muñecos y a practicar con ellos cómo volver a estar juntos... ¡¡Una máquina de coser!! Claro, nos coseríamos y volveríamos a estar como nos crearon, pero una máquina pequeña no nos cosería, así que construimos una grande. A mí no me convencía mucho la idea, pero a mi hermano sí, así que todo por él...
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. No podía creer que ese ser que veía reflejado, quizá una ilusión perceptiva, fuera yo. Nunca quise ser ese estilo de persona, arrogante, superficial y materialista, pero era lo único que podía ver en esa imagen frente a mí. Yo, era yo y no lo quería creer. Caminé hacia la cocina y, mientras lo hacía, tragaba saliva. Me esperaba un día bastante agitado, pero no podía aguantar la sensación de estar donde no debía, de ser como no quería. Era asfixiante. Llegué a casa, después de todo, y la sensación continuaba allí, era un dolor punzante bajo el corazón y necesitaba llorar. Por supuesto, no tenía ningún buen amigo al que acudir. A mi alrededor, todo era hipocresía e ignorancia en lo que respectaba a ética o moral. Necesitaba salir de allí, respirar. Salí a caminar y llovía, llovía a cántaros. Mis lágrimas pasaban desapercibidas con la lluvia y, evidentemente, ninguna de esas cientos de personas con las que me crucé se paró a preguntarse qué me pasaba. Llegué a un lugar desolado y alejado de la civilización y me senté. Desde allí todo lo que podía oír era el leve sonido del tráfico y la ciudad. Cerré los ojos y desperté. Fue como renacer y comenzar a vivir de nuevo. Ya apenas recuerdo quién era o qué era. Ahora sólo soy yo.
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Mis ojos reflejaban felicidad, mi sonrisa era evidente y fugaz, como si estuviese tatuada... pero quizás esta historia haya que empezarla por el principio.
Me llamo David y, por lo general, soy un bicho raro, odio a la gente y la gente me odia a mí, al menos en eso coincidimos la gente y yo.
El caso es que volviendo del colegio, como de costumbre, alguien intentaba matarme; así que hice lo que hago de costumbre: correr. Llegué a casa de milagro y, también como de costumbre, mi padre estaba borracho. Primero me confundió con una tal Lizzy, así que actuó de una manera un tanto embarazosa. Luego, cuando se enteró de que era yo, se enfadó y recibí lo que hoy no me habían dado en el colegio.
Salí cabreado de mi casa y lo rompí todo. Después de desahogarme, corrí. Huí de aquel sitio de mala muerte y decidí empezar una nueva vida.
El caso es que no sé muy bien cómo, pero de nuevo alguien quería matarme, aunque esto no era como en mi antiguo barrio, aquí sí me matarían. El miedo fue tal, que creo que mojé los pantalones... Pero volviendo a mi historia, la única escena que recuerdo es: yo tirado en el suelo, suplicando por mi vida, y sin poder mirar a mi agresor, y de repente una especie de saco huesudo saltando sobre mi agresor. ¡Era un perro!
Creo que ese fue el motivo de que al mirarme al espejo no me reconociera. Nunca había tenido amigos y, por primera vez, no me sentía solo. Cómo conseguí rehacer mi vida y tener un piso, quizás no forme parte de este relato... pero el caso es que hoy vivimos Pulgoso y yo en un piso, no he vuelto a saber nada más de mi padre ni de mi antiguo barrio y tengo hasta trabajo... El caso es que hoy soy feliz.
Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Superficialmente era el mismo, pero yo no me veía de esa manera, únicamente mis pensamientos hacían que no me reconociera. Aparté la mirada del retrovisor y subí más el volumen de la radio. Me dejé llevar por una canción que decía algo de un velero llamado Libertad. Con el volante fuertemente agarrado, observaba cómo las líneas discontinuas y continuas de la carretera me guiaban a algún lugar. ¿Qué lugar? Eso para mí no tenía ninguna importancia. Miré el asiento de pasajero e imaginé que ella estaba ahí, sonriendo y clavando su elegante mirada en mí y a punto de decirme algo, pero cuando el fuerte sonido del claxon del coche de atrás me devolvió a la realidad, en el asiento tan solo quedaba la soledad, una soledad que ansiaba más que nada, una soledad que me había acompañado muchas veces; pero esta vez no habría nada ni nadie que me interrumpiera la compañía de la sensación de la cual más se aprende, y con la cual más se sufre. Además, esta soledad era diferente, esta vez iba del lado de la libertad. Por fin nadie que me molestara o me dijera qué tengo que hacer, nadie del que envidiar nada, nada ni nadie, absolutamente nada. Con cada kilómetro nuevo me venían recuerdos de los kilómetros que había recorrido en el pasado, caminos todavía sin asfaltar llenos de nostalgia, pero que hay que dejar atrás. La canción cambió y, ahora, los acordes bien ordenados de una guitarra se clavaban en mi mente como flechas envenenadas de alguna sustancia, una sustancia hermosa, cautivadora y elocuente. Tenía que parar el coche, una necesidad fisiológica me impedía pensar. Cuando me apeé del vehículo y me di por satisfecho, me percaté de la suave brisa que agitaba mi indumentaria y me cosquilleaba la piel. Reemprendí mi viaje y, por primera vez en este, empezaba a discernir una señal. Poco a poco esta se iba acercando y lo que ponía en ella empezaba a distinguirse con más claridad hasta que estaba lo suficientemente cerca como para poder leerla bien. En aquella señal ponía en letras saltarinas: ¡Despierta, que los sueños, sueños son!
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Cuando me miré en el espejo, no me reconocí. Un día más, encerrada bajo un físico escrupulento, áspero y fuerte. Todo empezó en mi onceavo cumpleaños. Me encontraba rodeada de gente, pero sólo conocía a tres personas. Una llamaba mi atención y me observaba fijamente. Sorprendida de aquellos cruces, me acerqué a preguntarle cómo se llamaba. "Juan García", me respondió, y dentro de mí algo sentí... Desde ese momento me puse a pensar en aquello, sembré una duda en mi pensamiento y un gran lío en mi corazón. No entendía el porqué, ese muchacho llamaba mi atención, físicamente eramos casi iguales.
25 de septiembre de 2009
Crecieron con el Cuarto y ahora son las primeras de Primero: Sara y Carolina. ¿Será el influjo de la luna?
El tesoro de cartón
Al ver al personal de seguridad del supermercado pierdo el hilo de mis pensamientos, pero desgraciadamente se oyen más mis tripas que mis pensamientos. Me acerco al contenedor, sigiloso, con precaución, todos los vagabundos sabemos que, por estética, no podemos hurgar en los contenedores de grandes supermercados. Claro que me pregunto si dirían lo mismo si viviesen una semana en la calle. En fin, he llegado al contenedor, un contenedor amarillo, del que no se divisa el fondo. Me pongo a hurgar, pero mi hambre es mayor de la que podía imaginar, y mi mente sólo es capaz de concentrarse en lo bien que sienta un buen desayuno. ¡Bingo! ¡Unas magdalenas caducadas! Las guardo entre mis ropas, pero de pronto siento cómo una mano me agarra fuertemente de la chaqueta. Me giro para ver quién es. No me da tiempo a pensar en nada más cuando... ¡ZAS! La misma mano golpea mi cara, caigo al suelo redondo. Como puedo me levanto y hago lo que suelo hacer en estas situaciones: correr.
-¡Cómo te tengo que decir que no vuelvas más, indigente! -se oye a lo lejos.
Sin embargo, estoy contento: hoy tengo desayuno. Aunque, la verdad, me duele bastante la cara. Voy dando un paseo hasta un parque bastante tranquilo que se encuentra a unas dos manzanas y, poco a poco, me vuelvo a sumir en mis pensamientos. Recuerdo el orfanato, los desayunos calientes y mis compañeros. También recuerdo a Manu, mi compañero de cuarto, y su guitarra; tocaba espléndidamente. Me encantaba tocar la guitarra. Todavía recuerdo la primera vez que me dejó cogerla. Parecía complicadísimo dar un acorde, pero en escasos años ella se dejó domesticar y, por fin, las notas comenzaron a danzar, mientras mis dedos marcaban el compás; todo ello traducido en un ballet de sentimientos, creando en mí la mayor sensación de bienestar y satisfacción. Ay… cómo añoro esa sensación. Aunque sin comerlo ni beberlo, como una tormenta espontánea, se empieza a repetir en mi cabeza una frase, una frase que me dijo una vez mi profesora de Lengua: “No te rindas nunca, la vida no es más que un camino, un camino lleno de peligros, tristezas y alegrías, pero justo en ese camino radica la verdadera felicidad”. Como si de una melodía se tratase, aquella frase se repite día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto…
Hasta que un día al azar, sin dejar de tararear la magistral frase, comienzo a buscar cartones. He encontrado enormes cajas, de las que, sin dudarlo, me adueño. Vuelvo a recorrer, calle arriba, aquella ruidosa avenida, a la espera de encontrarme con el supermercado; pero esta vez, en vez de dirigirme al cubo de basura, entro por la puerta principal. Aquello parece un mundo aparte, es increíble, jamás hubiera imaginado algo así, tenía un vago recuerdo de alguna compra, pero no de esta bestialidad. Continuando con mi propósito, me hurgo en el bolsillo, increíblemente conservo 2€ que en una ocasión una señora adinerada me dio, posiblemente para limpiar su conciencia. Sabía que algún día me servirían de algo. Compré un bote de pegamento de oferta, que costó 1,96€. Al salir del supermercado empiezo a plantearme si no hubiese sido mejor gastármelo en comida, pero la frase magistral vuelve a mi cabeza.
Por fin llego a mi particular vivienda. Mi callejón estaba inundado de cartones. Rebusco en mi bolsa de mano y doy con mi cuchillo del pan; comienzo a cortar, medir, pegar… A la mañana siguiente, me acerco a un contenedor de escombros y doy con una antigua coqueta; quito los tornillos y voy en busca de hilo dental, para ello acudo al dentista.
En la manzana contigua, hay una clínica, me dirijo hacía allí. Hoy la gente no me parece tan estúpida, simplemente estoy feliz. Al llegar el dentista, muy amable me presta atención y, al ver mis aterradores dientes, me regala el hilo dental que tanto ansío.
Llego de nuevo a mi guarida y me pongo manos a la obra. Hago tiras similares de hilos, trenzo, atornillo, enredo… No me lo puedo creer: suenan campanas de victoria en mi interior. Ya no me queda absolutamente nada, pero tengo una preciosa guitarra de cartón e, increíblemente, produce leves sonidos. Jamás sonará como una verdadera guitarra, pero... ¡¡¡he conseguido una guitarra!!!
Los días pasan más rápidamente y comienza el otoño, se nota la llegada del frío. Hoy es uno de esos días que amenaza tormenta, pero sigo feliz con mi pequeño tesoro. Mi manejo con ella ha mejorado. Mi día transcurre como cualquier otro… pero es hora de buscar un resguardo para la noche. Lo más llamativo es un contenedor. Junto con mi guitarra me adentro en uno que admite cartón, se está muy calentito y, si llueve, protegeré mi pequeña razón de existencia. Me duermo plácidamente. En mis sueños danzan las notas musicales y las guitarras se dejan doblegar por mis manos: todo es perfecto. Pero mi sueño se ve afectado por un calor inhumano. Al abrir los ojos, veo fuego a mi alrededor y el humo me está asfixiando. No obstante, lo primero que hago es buscar la guitarra. Todavía intacta, la agarro entre mis brazos e intento salir, pero la salida está taponada. Grito, pido ayuda, pero sólo se oyen risas y voces llamándome desecho social. El humo me va adormilando, pero jamás soltaré a mi princesa. Sé que me estoy muriendo, pero en mis últimos segundos, abrazo a mi sueño hecho realidad, abrazo a lo que fue mi felicidad, y me voy con mi pequeño tesoro.
Sara Tomé
y encontrarte en un abismo
de mentiras, de engaños
y de golpes amargos.
De soñar en vano,
te creíste un extraño
y te perdiste
en la absurda apariencia
de la normalidad.
Confundir el carisma
con el modelo a seguir
de estupidez, de fracaso
y de pensamientos en blanco.
Y queriendo ser algo
olvidaste la esencia,
gloriosa y perfecta,
de la personalidad.
Carolina Calleja
29 de mayo de 2009
Alquiler de sueños
Doce cuentos peregrinos reúne una serie de textos escritos por Gabriel García Márquez entre 1974 y 1992. Antes de su escritura definitiva, algunos eran notas periodísticas, guiones de cine e incluso un serial de televisión. La mayoría permanecieron como borradores olvidados en un cajón durante mucho tiempo, hasta que Gabriel García Márquez los sometió a un proceso de reelaboración. Una vez más, el genial autor colombiano borra las imprecisas fronteras entre realidad y ficción.
"Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber entonces cuál debe ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa. De todos modos, por las dudas, no volveré a leerlos, como nunca he vuelto a leer ninguno de mis libros por temor de arrepentirme. El que los lea sabrá qué hacer con ellos. Por fortuna, para estos doce cuentos peregrinos terminar en el cesto de los papeles debe ser como el alivio de volver a casa."
Prólogo: Por qué doce, por qué cuentos y por qué peregrinos.
Nunca dijo su verdadero nombre, siempre la conocimos como Frau Frida. Apenas me la presentaron incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle qué hacía tan lejos de su país y a qué se dedicaba. Ella me contestó de un golpe:
-Me alquilo para soñar.
Se me cayó un vaso que sostenía y sonó estrepitosamente. Jamás sospeché que alguien con ese aspecto tan delicado pudiera dedicarse a algo así.
Pero entonces ella se echó a reír.
- Me encanta ver la reacción de la gente cuando les contesto esto.
Yo entonces no entendí su risa, pero supongo que ahora que lo recuerdo tiene su gracia.
- No sé de qué te sorprendes tanto, en los tiempos que corren cualquiera podría dedicarse a eso, pero no va por ahí la cosa. Es cierto, me alquilo para soñar. Todos los martes y jueves voy a la biblioteca y hago que los niños dejen su medio mundo de ensueño para meterse en otro aún más feliz.
Claro, ella era cuentacuentos. No sé muy bien por qué, pero la verdad es que le pegaba ese trabajo.
Frau Frida era una mujer misteriosa, de unos treinta años de edad. Siempre vestía con ropa anticuada y un tanto hippie, pero no tenía aspecto descuidado.
Estuvimos largo rato hablando y finalmente me invitó a escuchar uno de sus cuentos y yo, por supuesto, le respondí que sí.
Se aclaró la garganta y comenzó su relato con voz pausada pero firme:
"Érase una vez un cuento que vive dentro de tus sueños, mudo, aunque dudo que me creas.
Viven libélulas que duran para siempre y se alimentan de la fe desnuda de tu infancia, un niño sonriente.
El aire que se respira huele a rosas y a chocolate y el paisaje es tan bonito que su imagen te acompaña allí donde vayas.
Carpe diem es la ley y no hay nada que temer ni que te retenga, ya que el tiempo se detiene para que nada cambie.
Puedes volar por el sistema solar hasta encontrar a una mujer que te quiera o rescatar princesas en castillos de arena perdidos.
Yo vivo entre los árboles, soy parte del entorno, así como los gnomos o los duendes.
Conozco a todos, todas sus historias y te las podré contar si me llega la memoria.
En este mundo te sientes lleno, en el mundo de los sueños.
Es un lugar que tú mismo inventas, es como “el país de Nunca Jamás” en Peter Pan, pero creado a tu imagen y semejanza. Es un mundo de magia en el que hallas la felicidad en el “ Jardín de la alegría”, pero un día decidiste explorar más allá de las fronteras.
Te esperabas vivir como en un cuento de Disney, el país de las maravillas quizá, pero no sabías que las estrellas se apagan detrás de nuestro horizonte ni que la luna es de cristal y el sol de hierro.
Allí las nubes te atrapan cuando caes a un abismo. Hay príncipes azules que se convierten en ranas. En este mundo, buscar tu propia felicidad es la clave.
¿Dónde está ese chico que quería vivir feliz con su amada?
Por querer explorar más allá de las fronteras, ahora te encuentras muy lejos del paraíso y debes enfrentarte a tus miedos, a todos los errores cometidos.
Cuando desees volver a recuperar aquello que perdiste, recuerda que solo tienes que volver a soñar, allí te espera tu medio mundo de ensueño con todas las cosas que te hacen feliz.
Si quieres volver a ver a ese niño que en algún momento de tu vida abandonaste sin motivo, allí estará, con su gran sonrisa en la cara, esperándote fiel en el umbral de tus sueños."
Por un momento me imaginé aquel lugar dentro de mí, a mi yo de la infancia, a mi primer amor, al niño que soñaba con ser un pirata y surcar los mares o al que deseaba ser bombero.
Pero de repente la realidad volvió a derrumbar mis castillos en el aire y me fui a casa donde un montón de facturas me aguardaban encima de la mesa.
Estuve toda la tarde pensando en el cuento que me había contado Frau Frida y, finalmente, decidí hacerle caso y dormir para encontrarme con mi mundo de ensueño.
-Me alquilo para soñar.
Confundida por lo que había dicho, le pregunté que a qué se refería con esa frase.
Tardó en contestar, pero al final me contó toda su historia.
Me dijo que cuando tenía 10 años soñó que su padre, que era pescador, iba a morir ahogado cuando se fuera a pescar. Cuando Frau se despertó a la mañana siguiente, le contó todo a su familia y dijo a su padre que nunca más fuera a pescar, pero su padre, molesto, le contestó:
-Nunca dejaré de hacer lo que más me gusta en la vida por un estúpido sueño de una niña de 10 años.
Al cabo de unas horas el padre se fue a trabajar, como hacía siempre; primero preparaba todo lo necesario para la pesca y después se iba en su barco a pescar.
Cuando todos estaban durmiendo llamaron por teléfono, lo cogió la madre de Frau Frida y escuchó la voz de un policía que decía:
-Su marido ha fallecido ahogado.
El sueño que había tenido Frau Frida se había hecho realidad, pero por desgracia no era nada bueno, porque había perdido a una de las personas que más quería en la vida.
Antes de seguir contándome la historia paró un rato, porque todo esto le afectaba bastante y, después de beber un vaso de agua y de tranquilizarse, siguió con la historia.
Me contó que después de todo lo sucedido, con ese don que tenía podía trabajar de sirvienta donde quisiese, y así hizo.
Trabajó en la casa de una familia muy rica que la quería como si Frau formara parte de ella, y todos los días le pedían que les contase lo que había soñado. Pero, desgraciadamente, un día Frau tuvo un sueño similar al de su padre. Soñó que el hombre de la casa iba a ser asesinado por unos ladrones, y así ocurrió.
Con la muerte del patrón, Frau recibió dinero de la herencia y esto la llevó a una buena posición económica en su vida.
Pero eso no era lo que ella quería.
-Nunca desearía la muerte de ningún ser querido para ganar una buena posición económica -me dijo.
Y con esta frase terminó de contármelo todo.
-Me alquilo para soñar.
Pensé en qué contestar a aquello y si debía contestar... Por un momento, se me pasó por la cabeza que pudiera estar desequilibrada mentalmente, pero la atracción de obtener una respuesta a aquello era superior a mis fuerzas, así que hice como si no hubiera oído sus palabras y elaboré una falsa disculpa.
-Perdone, creo que no he…-me interrumpió en ese instante.
-Sí, soñar, me alquilo para soñar y no vivo sino en mí, en mi mente y en mis sueños.
Definitivamente, estaba loca. Me habían dicho que era una persona bastante extraña, "muy suya" me dijeron exactamente, pero no terminaba de entender nada. ¿Que vivía dónde? Lo raro es que hubiera cruzado medio mundo y nadie hubiera reparado en sus desequilibrios, si es que de verdad había cruzado medio mundo.
Según me habían dicho, era algo así como una buscadora tipo “El Buscador” de Jorge Bucay, pero que ella no buscaba sino que esperaba encontrar y que recorría cada rincón de cada sitio al que iba esperando encontrar algo. Realmente nadie sabía con certeza si alguna vez había encontrado lo que buscaba o simplemente algo. En ese instante, se levantó del asiento y se dirigió hacia mí.
-No busques respuestas, las encontrarás. Piensa o, mejor, sueña. Mi hogar está en mí, pues no tengo casa ni trabajo y solo me hacen falta las palabras, los sentidos y el aire del que dependo. Soñar no te dará la respuesta, te dará opciones y solo tú debes elegir en cada momento cuál es la que a ti te vale, la que a ti te gusta, la que a ti te hace feliz. A mí, hacer lo que hago me hace feliz, inmensamente feliz.
Pensé estar soñando, pero su discurso interrumpió mis pensamientos y continuó hablando.
-Hoy encontré algo que no esperaba encontrar, te encontré a ti. Yo no estoy segura de si vives la vida que siempre has querido tener, pero tu falta de comprensión hacia mis palabras solo me indica que no tienes fe. Vives la vida que otros creyeron que era buena para ti, pero dime: ¿el dinero del que dependes para vivir y el que te da trabajo te hace feliz?
Han pasado cuatro años, siete meses y trece días desde el momento en que pronunció estas palabras, bebió el agua de mi vaso, me miró a los ojos y se fue.
Dejé mi trabajo y mi vida rodeado de hipócritas que pensaron que estaba demente en el momento que doné mi fortuna y me fui voluntario a un país del tercer mundo.
Cuando era pequeño quería ayudar a la gente, poner mi granito de arena en un proyecto para mejorar el mundo y así hice. Creedme cuando os digo que no me arrepiento de hacer lo que hice, pues ahora soy feliz, inmensamente feliz.
- Me alquilo para soñar.
Me quedé pensativa y le pregunté que cómo era eso.
Ella me respondió:
- Yo puedo hacer que tus sueños se hagan realidad.
Yo rápidamente contesté que cómo podía hacerlo. Ella me dijo que primero le tenía que decir mi sueño.
En ese momento me venían tantos a la cabeza que no sabía cuál decirle y entonces pensé en lo que me hacía feliz: el baile y mi familia.
Entonces le dije que mi sueño era ser una gran bailarina, que la gente me conociera por lo que me hacía feliz: el baile. Pero también le dije que quería que mi familia me apoyara y que entendiera que el baile es mi vida.
Ella solo me escuchó y me dijo que pronto nos veríamos.
Pasaron unos meses y no dejé de pensar en esas últimas palabras que me había dicho. ¿Sería verdad que cumpliría mi sueño?
Cuando ya pensaba que era una loca que me había tomado el pelo, recibí una llamada de un gran espectáculo de danza para ofrecerme la posibilidad de participar en él. No me lo podía creer: era verdad.
Sobre el escenario la vi entre las butacas y me vinieron a la cabeza esas cuatro palabras que me dijo nada más conocerla: Me alquilo para soñar.
- Me alquilo para soñar.
Sinceramente, su respuesta me daba a entender que era prostituta, pero no quise entrar en detalles y enseguida cambié de tema. Recuerdo que me comentó que era uruguaya y que había salido de su país en busca de un futuro mejor.
Siempre me cruzaba con ella en el tren cuando volvía de trabajar. Frida venía y se sentaba a mi lado cuando el asiento estaba despejado. Los días pasaban y ella no aparecía. Yo, a pesar de tener una relación sentimental, la veía como una mujer muy atractiva, pero me atraía algo de su interior que no sé definir con precisión.
Al mes de haberla visto por última vez, estaba sentado en el vagón, quité la vista un momento del periódico y vi su hermosa cara. Me saludó con un triste hola al que respondí sin mucho énfasis (seguramente por orgullo). Al rato decidí preguntarle cuál era el motivo de su desolación.
No respondía y quise consolarla abrazándola. Cuando ya estaba rozándola, para mi sorpresa desapareció.
No sabía lo que pasaba. Entonces fui a consultar al amigo que me la había presentado. No le conté mi experiencia por lo que pudiera pensar sobre mí. Su respuesta fue contundente:
- Frau Frida murió hace un par de semanas.
Me quedé pálido y brotaron rápidamente unas gotas de sudor de mi cabeza. ¡No podía creerlo, si hacía un rato que la había visto!
Ahora el silencio a gritos no me deja pensar, me han diagnosticado locura transitoria. Yo antes era como vosotros, ahora no, se me ha escapado la sociedad y por más que quiera no la podré alcanzar.
Tomasz Dabrowski
Sara Lázaro
Se ha encontrado a una prostituta violentamente asesinada en las afueras de Madrid. Frau Frida, como la conocían en el ambiente, fue encontrada el pasado martes. Según el testimonio de sus compañeras, deja huérfanos a dos niños de corta edad. La Policía afirma que, probablemente, los responsables de su muerte sean los integrantes de una banda organizada que trafica con mujeres ilegales en nuestro país.
Quizás fue por eso por lo que ahora, cinco años después, con treinta años, sigo pasando por el barrio donde la conocí; quizás porque muchas veces, las personas más desfavorecidas pasan desapercibidas, personas como Frau Frida; quizás porque Frau Frida se merecía poder denunciar su situación sin que nadie la condenara a volver al país donde no eligió nacer para morir de hambre junto a sus hijos; quizás por eso una madre se alquila para soñar...
Sara Tomé
22 de mayo de 2009
De tempestades y tormentas.
9 de mayo de 2009
Ven, vámonos juntos a algún lugar, sobre el arco iris...
Creo… que sus ojos eran verdes, pero dudo ¿no era azules? Después de convencerme creo recordar que eran marrones. Sí, eran marrones –pienso-, pero la idea de que sus ojos eran grises va cobrando importancia. Lo conocí en un día de mayo, un día soleado pero de esos en los que nunca sabes qué tiempo hará. Al igual que el tiempo, mi situación era inestable. Como siempre yo andaba distraída, encorvada, ajena y distante del mundo. Mi indiferencia había superado lo normal y todos los días al volver del instituto soñaba con conocer a alguien que me devolviese la ilusión de vivir. Me tumbé en el césped mientras escuchaba una canción que me hace sentir bien: “En algún lugar, sobre el arco iris”. Yo también quería huir y estar en cualquier otro lugar y por qué no, conocer el arco iris.
Khadija El Fhal
Entonces el preso político 1024 decidió sacar su estilográfica y escribir la siguiente carta dirigida a su madre moribunda:
Querida madre, le escribo esta carta ya que he sido informado de su grave estado de salud. Siento no poder estar a su lado en estos últimos momentos, y espero que doña Asunción la cuide bien.
Ahora me acuerdo de las palabras que dijo la abuela poco antes de morir, aquello de que en una guerra no hay vencedores, solo vencidos. De todas maneras quiero que sepa que no me arrepiento de haber luchado por unos ideales justos y nobles.
Aunque resulte algo egoísta por mi parte, sepa que aquí no me tratan mal. Hoy me han traído un trozo de pan para almorzar y un poco de agua, dicen que dentro de unas semanas podremos salir al patio, que todavía está en construcción.
Cuando me comunicaron su estado, me acordé de todos los momentos que pasamos, tanto los buenos como los malos. Recuerdo la muerte de padre y los paseos por Madrid. Recuerdo cuando íbamos al pantano, pero sobre todo recuerdo la primera vez que fue usted a votar, se le saltaron las lágrimas y, aunque no le dije nada, madre, la abracé muy fuerte y me sentí orgulloso.
Me gustaría escribir todo lo que siento en estos momentos, pero no tengo a mi disposición más papel.
Sólo quiero que me perdone por no estar con usted y que me siento afortunado de tenerla como madre.
Dígale a doña…
Y fue a por las llaves para abrir rápidamente la celda. Luego llevó al preso al patio, le apuntó con el rifle y le dijo:
- Contra la pared, rojo de mierda.
El preso 1024 no hizo caso a la orden y gritó:
- ¡Libertad, igualdad, fraternidad!
Justo cuando el preso dijo la última palabra, el guardia realizó un disparo dirigido a la cabeza. La bala atravesó la cabeza del preso matándolo en el acto. Los pájaros volaron atemorizados para posarse en otro lugar más tranquilo.
- ¿Dónde está la libertad de mi hijo?
- En algún lugar, sobre el arco iris –respondió doña Asunción.
Tomasz Dabrowski