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6 de octubre de 2009

TABÚ

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:
- ¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
- ¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.

Enrique Anderson Imbert


DETRÁS DE LO OBVIO

Todos los viernes por la mañana Nasrudín llegaba al mercado del pueblo con un burro al que ofrecía en venta.
El precio que demandaba era siempre insignificante, muy inferior al valor del animal.
Un día se le acercó un rico mercader, quien se dedicaba a la compra y venta de burros.
- No puedo comprender cómo lo hace, Nasrudín. Yo vendo burros al precio más bajo posible. Mis sirvientes obligan a los campesinos a darme forraje gratis. Mis esclavos cuidan de mis animales sin que les pague retribución alguna. Y, sin embargo, no puedo igualar sus precios.
- Muy sencillo -dijo Nasrudín-. Usted roba forraje y mano de obra. Yo robo burros.

Idries Shah


5 de octubre de 2009

MÁS HUMOR NEGRO SOBRE MÁS ROJO


Me echó un trozo de hielo por la espalda. Lo menos que podía hacer era dejarle frío.



El balón era mío y muy mío. La navaja, no. Pero de lo que se trataba era del balón.



¿Por qué se me va a acusar de haberle matado si se me olvidó que la pistola estaba cargada? Todo el mundo sabe que soy un desmemoriado. ¿Entonces, yo voy a tener la culpa? ¡Sería el colmo!



Lo maté sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez.

1 de octubre de 2009

HUMOR NEGRO SOBRE ROJO


- ¡Antes muerta! - me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!


La maté por no darle un disgusto.


-Le comería los hígados -dijo Vicente.
No pudo: amargaban.


Lo maté porque me dolía la cabeza. Y él venga a hablar, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces, descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta.


Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además, el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.

Max Aub. Crímenes ejemplares.

29 de septiembre de 2009

LA FE Y LAS MONTAÑAS

Al principio la fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.

Pero cuando la fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.

Cuando en la carretera se produce un derrumbamiento (...) es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

Augusto Monterroso

10 de marzo de 2009

Beatriz: Una palabra enorme

Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla, mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado. Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embargo está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en Libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa. Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mí me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela. Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada, digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrujes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada. O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?

Mario Benedetti. Primavera con una esquina rota.

25 de febrero de 2009

El pintor

A petición de Carolina, con ayuda de Anónimo.

Esta historia transcurre en la Francia de 1900, en los comienzos de un durísimo invierno. Marie era una niña de 11 años que vivía en una antigua casa parisina. Desde que el frío se había hecho sentir, ella empezó a quejarse de un intenso dolor en la espalda que se volvía intolerable al toser. Cuando el médico fue a verla, le dio su madre el diagnóstico que más temía: tuberculosis. En esa época, todavía sin antibióticos, la infección era casi una garantía de muerte. Lo único que los médicos podían hacer era recetar algunos paliativos para el dolor, cuidados generales, reposo… y fe.
-Estos pacientes, como casi todos, -les dijo el profesional– tienen más posibilidades de curarse si luchan contra la enfermedad; si Marie dejara de pelear por su vida, moriría en algunas semanas.
Y luego agregó, sabiendo que era más un deseo que un pronóstico:
-Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará fuera de peligro y la tuberculosis será sólo un mal recuerdo.
Cuando el doctor se fue, la madre de la niña miró el calendario. Faltaban todavía dos largos meses para que llegara la primavera…
Sabiendo que ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio, la madre se llegó hasta la escuela de Marie para rogarle a la maestra a que se acercase a casa a darle algunas clases, no tanto por el aprendizaje como por emplear algo de su tiempo de encierro y aburrimiento. La maestra le dijo que no podía hacerlo. Lo sentía, pero había cuatro niños en el curso en la misma situación, ella no podía ocuparse de ellos, debía cuidar de los que todavía asistían a clase. Al día siguiente, mientras colgaba guirnaldas caseras por la casa tratando de contagiar la alegría que no sentía por las fiestas, la madre vio la pálida cara de su hija y la tristeza reflejada en su expresión. Fue entonces cuando tuvo la idea. Con la ayuda de la casera, se ocupó esa mañana de mover todos los muebles de la casa para poder llevar la cama de Marie junto a la ventana de la sala que daba al pequeño patio central compartido. Desde allí, pensó la madre, por lo menos verá ese pequeño patio interior, el ciprés en el centro del jardín, las enredaderas en las paredes, las ventanas de los otros dos edificios. Seguramente, se dijo, se distraerá aunque sea viendo a la gente pasar de ida y de vuelta de sus ocupaciones o de sus compras de fin de año. Entrado enero, el invierno se volvió más y más frío, y con ello la niña se agravó. Más de una noche un ataque de tos terminó con vómito de sangre y la consiguiente desesperación de la pobre jovencita y de su madre. Una mañana al volver de la compra, la madre encontró a Marie con la mirada perdida de cara al ventanal. Nada tenía que ver ya esa niña con la Marie que ella recordaba de a penas unas semanas atrás. La madre la abrazó con fuerza sosteniendo la cabeza de su hija contra su pecho, tratando de que su hija no se diera cuenta de que lloraba. La niña señaló hacia el patio y le dijo:
-Mira, mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas, algunas más verdes, otras más amarillas. Mírala ahora qué pocas hojas le quedan. Acabo de pensar que cuando la última de las hojas de la enredadera caiga, mi vida también llegará a su fin.
-No tienes que pensar en eso -le dijo su madre, acomodando las almohadas y secándose las lágrimas de espaldas a la niña-. En primavera, de todas las enredaderas surgen nuevas hojas y la vida verde vuelve a nacer.
-Pero son otras hojas…- pensó la jovencita sin decirlo.
La enfermedad seguía su curso con altas y bajas, pero cada vez que el médico venía a visitarla veía cómo el ánimo de la paciente decaía en la misma magnitud que su estado general. Hasta que una mañana la madre descubrió a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin querer interrumpir, la madre se acercó con cuidado tratando de ver qué es lo que llamaba la atención de su hija. Se trataba de un joven pintor que, junto a su ventana en el tercer piso del edificio de frente, pintaba con colores vivos imágenes de París: Notre-Dame, Montmartre, el Moulin Rouge…
Por primera vez en muchos días, la madre vio a Marie entusiasmada, alegre. La madre compartía esa alegría, algo por fin había captado su interés, quizás ella pudiera convencer al joven pintor para ayudarla. Esa misma tarde la madre cruzó hacia el edificio y llamó a la puerta del artista. Cuando el joven y estrafalario artista abrió, le contó que era la madre de una niña que vivía en la planta baja, en el edificio de enfrente, le dijo que padecía una grave enfermedad, y lo que el médico había dicho.
-Lo siento mucho, señora -dijo el pintor– pero no entiendo para qué ha venido a contarme todo esto.
-Vine a pedirle que se acerque a darle algunas clases de dibujo, o de pintura a Marie. A ella siempre le interesó el arte, ¿sabe usted? Si usted pudiera bajar a casa de vez en cuando a charlar con Marie… yo, por supuesto, le pagaré lo que pida…- y con un tono de ruego terminó diciendo-: Su vida ¿sabe?, quizá depende de que usted acepte el encargo.
No por el dinero sino por la pena que le daba la imagen de la niña que ya había visto desde la ventana, el joven artista empezó a bajar un día sí y otro también a casa de Marie, llevando consigo algunas telas, carbones y colores para hablar de pintura y para animar a la joven a que utilizase su tiempo en cama para dibujar y pintar. Durante las siguientes semanas, creció entre ellos una extraña amistad. Una tarde, cuando el pintor bajó a verla, Marie lloraba en su cama.
-¿Qué sucede, mon cher? -le preguntó.
Marie le contó de su relación con la enredadera y luego le dijo:
-Ayer, después de que te fuiste, hubo mucho viento y muchas hojas cayeron. Cuando la tormenta pasó conté las hojas que quedaban. De las miles que había entre sus ramas sólo quedan veintiocho. Yo sé lo que eso significa: si se cayeran todas hoy, no habría un mañana para mí.
El pintor intentó convencer a Marie de que esa asociación era una tontería:
-La vida seguirá de todas maneras -le dijo-, no debes pensar jamás así. Tienes que practicar las escalas de colores y dibujar las manzanas que te pedí; si no, nunca llegarás a exponer. De hecho, gracias a haber practicado mucho en mi vida me ha llegado una invitación para exponer mis pinturas en América.
-¿Te irás? -preguntó Marie, sin querer escuchar la respuesta.
-Volveré en mayo como muy tarde -le dijo el pintor-. Allí, si has practicado iremos a pintar a la campiña, recorreremos los museos y te enseñaré a pintar con óleo.
-No sé si estaré cuando regreses, pintor -contestó Marie-. Depende de la enredadera.
El artista, encariñado con la jovencita, la abrazó y prefirió no hablar de esa fantasía. Sólo la besó en la frente y le dejó indicaciones de qué hacer para estar ocupada hasta que él regresase. Cuando se fue, Marie sintió como si el mundo se le derrumbara y en un negro presagio vio cómo, mientras el pintor cruzaba hacia su casa, el viento arrancaba de la enredadera tres hojas de golpe y las dejaba caer violentamente en el patio. Desde ese día, cada mañana la niña controlaba desde su ventana la cantidad de hojas que quedaban en la enredadera… y cada mañana registraba un agudo dolor en el pecho cuando comprobaba que, durante la noche, alguna de sus acompañantes había caído para siempre.
-¿Qué pasa, hija? -le preguntó su madre, después de una agitada y febril noche.
-Mira, mamá -dijo Marie, señalando por la ventana-. Sólo quedan tres hojitas: una abajo junto al cuadro, otra en mitad de la pared y una más solita, arriba de todo, al lado de la ventana del pintor. Tengo miedo, mamá.
-No te asustes -contestó la madre, con una convicción que no tenía-. Esas hojitas van a aguantar; son las más fuertes, ¿entiendes? Sólo faltan dos semanas para que llegue la primavera.
La mirada divertida de Marie se transformó en la oscura expresión de un obsesivo control de las pobres tres hojitas. Y una noche de febrero, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja del medio se soltó de su amarra y voló lejos. Marie no dijo nada, pero redobló sus rezos para pedirle al buen Dios que prometiera sus hojitas.
-Mamá -gritó una mañana-. Mamá, ven.
-¿Qué pasa, hija?
-Queda sólo una, mami, sólo una. La de debajo de todo se cayó anoche. Me voy a morir, mami, me voy a morir. Por favor abrázame, tengo miedo, mamita. Mucho miedo.
-Hay que tener fe, hijita -dijo la madre tragando saliva y reprimiendo el llanto de su propio miedo-. Además, faltan pocos días para la primavera y todavía queda una hoja. Es la hoja campeona ¿sabes?
-Sí, pero hace un rato la vi temblar… Tápame, mamá, tengo frío. La madre la arropó con sus mantas y fue a buscar unos paños húmedos. La niña tenía mucha fiebre. Cada momento que Marie estaba despierta miraba por la ventana a la única hoja que todavía resistía. En la punta de la enredadera, la pequeña hoja marrón verdoso se aferraba solitaria a su base, y la niña, al verla, cruzaba instintivamente los dedos pidiéndole que resistiera para que ella también pudiera salvarse. Y la hora resistía. Nieve, lluvia y viento. Pasaron los días y la hoja aguantó… Hasta que una mañana, mientras Marie miraba su esperanza, vio que un rayo de sol iluminaba la hoja, y descubrió que a su lado y más abajo en la enredadera pequeños botones verdes habían empezado a aparecer.
-Mami, mami, la hoja ha resistido, llegó la primavera, mami. ¿No es maravilloso?
La madre corrió junto a su hija y la abrazó con lágrimas en sus ojos. Ella no pensaba en la enredadera sino en su hija, que también se había salvado.
-Sí, hija, es maravilloso.
Pasaron los días y la niña comenzó a recuperar sus fuerzas muy despacio. En la primera salida a la calle que el médico autorizó, Marie corrió al edificio de enfrente para preguntar por su amigo el pintor. La casera se sorprendió al verla, quizás porque no era habitual que alguien sobreviviera a la tuberculosis.
-Me alegro de que estés bien -le dijo mientras la besaba con sincera alegría-. Tu amigo todavía no ha vuelto, pero me ha asegurado que en unas semanas lo tendremos por aquí. Mandó esto para ti.
Y remetiendo la mano en su escote, le alargó una carta para ella:
PARA ENTREGAR A MI AMIGA MARIE
“Hola, Marie. Tal como ves, todo ha pasado. Para cuando leas esto faltarán días para retomar nuestras clases de pintura. Yo he comprado nuevos colores y pinceles; así que quiero regalarte los que fueron míos. Dile a la casera que te abra mi apartamento y llévate mis cosas. Practica mucho, recuerda las manzanas… y las escalas de colores.”
La niña saltaba de alegría. Después de pedir la llave a la casera, subió a la pequeña buhardilla a por sus pinturas. Una vez allí, se acercó a recoger el atril que estaba, como siempre, junto a la ventana. Mirando hacia fuera vio, desde arriba, su propia cama en el edificio de enfrente. Sin pensarlo, Marie abrió la ventana e instintivamente buscó a su amiga la hoja heroica, la que aguantó todo, la más fuerte de todas las hojas…Y la vio. Allí estaba en la pared, a un lado, muy cerca del marco de madera de la ventana. Allí estaba. Pero no era una hoja verdadera, era una hoja que había pintado en el ladrillo su amigo el pintor…

Jorge Bucay

3 de febrero de 2009

Los ojos del beso

- «Dentro de la Poética, querido amigo, se comenta un hecho que me gustaría que aceptaras durante tu andadura vital: aquel beso que se da con los ojos abiertos no es un beso sincero. Tener los ojos abiertos al besar, denota traición. Contemplar el rostro del amado o de la amada mientras se besa es un acto impúdico, preñado de falsedad. La tradición, pues, nos dice que aquel que en alguna ocasión ha besado y, simultáneamente, ha abierto los ojos para fijar su mirada en la cara de la persona a la que le dedica el beso, es un ser humano deplorable.

- Lo siento maestro, pero me da la sensación de que esos comentarios no son sinceros en su totalidad. Disculpe usted tanta arrogancia en esta puntualización, pero considero que el hecho de mantener los ojos abiertos o cerrados a la hora de besar a alguien, no tiene por qué determinar mayor o menor grado de amor e incluso de compromiso.

- Querido amigo, tu juventud te delata. El ímpetu de tu espiritualidad sólo comunica la rebelión de los sentidos, el deleite por el goce emocional y la aventura de los sentimientos. No obstante, esta lección ha de frenar todo este frenesí que te embarga por tu edad. El espíritu se relaciona con gestos como el que te he descrito. Las razones sólo te las podrá verificar la vida y su largo y a veces lento caminar. No he de convencerte de nada. El viaje que transcurre desde tu existencia hasta tu desaparición te proporcionará o despojará de la razón.

- Gracias de nuevo, maestro. A pesar de no participar con lo que usted ampara en esta ocasión, reconozco y acepto el reto. Que mi vida dicte el resultado de esa afirmación de la Poética.»


Después de haber deslizado los dedos suavemente por la hojita taladrada por pequeños agujeritos y dejar aquel fragmento encima de la mesa, Max, el joven invidente, sonrió bajo el humilde tejadillo de su caseta.

- Por favor, ¿me da uno acabado en seis?
- Ahí tiene, señora.
- Muchas gracias, joven.

Max volvió a las meditaciones de aquel extraño relato del beso. Repitió la misma sonrisa e incluso su corazón palpitó, aceleró sus latidos. Se sentía un tanto ridículo, pero a la vez se alegraba de ello. Lo más gratificante de todo era saber que, fuera o no cierto lo que propugnaba aquel viejo sabio griego a su discípulo, él siempre sería sincero cuando diera un beso. Fuera a quien fuese. Siempre. Jamás daría un beso traicionero, un beso puesto en entredicho, un beso manchado por la duda.

Pero también sabía que jamás conocería el rostro de su amada.

Aníbal Cañas Hoyos

2 de febrero de 2009

ABEL

Quiero gritar mi alegría. El sol nos calienta y rige el curso de las estaciones: el trigo crece bajo sus rayos; el universo es un orden sagrado que toca mi corazón cada mañana y mi corazón sereno lo agradece; Dios protege lo que crea, inventa la lluvia y las mareas, el perfume y la memoria, me dio palabras nuevas para bautizar la vida y el misterio; tengo un hermano que me quiere, no estoy solo.
He callado tanto tiempo... Hoy me estalla la alegría en la garganta: amo esta luz, esta tierra que alberga la belleza. Veo a mi hermano bajando la colina, viene hacia aquí, seguramente querrá que cacemos, lleva una quijada en la mano.

Óscar García Romeral

LA ELECCIÓN TARDÍA


A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente sobre una terrible reflexión de Séneca: La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas, porque vivimos por casualidad. Alguien -pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.
Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sorpresas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.
Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.
Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro y el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.
Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

Eduardo Liendo

OPUS 1


Alicia despertó de su maravillosa travesía porque unos labios, cubiertos por un fino bigote, rozaron tenuemente los suyos:
- ¡El conejo! -gritó alarmada.
El aludido miró a uno y otro lado del prado, como no vio a nadie en las inmediaciones, susurró con picardía:
- Si quieres conocer el verdadero país de las maravillas, te invito a mi apartamento, preciosa… ¿Vienes…?

Armando José Sequera

LOS BOMBEROS


Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”. Llamaron un taxi y encargaron al chófer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tensos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata y luego con aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.

Mario Benedetti